Gerard-Rancinan
A día no sé
cuantos, de no sé qué mes, de no importa qué año.
Me dirijo a usted
porque a día de hoy me ha sido imposible encontrar a una persona con la cordura
y sensibilidad que usted posee y a la que tan abiertamente, como lo voy a
hacer, pudiese exponerle un asunto que lleva tiempo rondándome la cabeza. A
pesar de que a primera vista pueda
parecer que el asunto que traigo a su consideración no tiene en la práctica efecto
alguno, que no cambia sustancialmente nada, en el fondo es imprescindible para
entender el juego y poder disfrutarlo plenamente. Es, me atrevería a decir,
esencial.
Vengo a hablarle
de cambios e intercambios, de parejas, tríos y otros desmanes. Quiero hacerlo
dejándole claro que lo hago desde mi óptica y que bajo ninguna circunstancia ha
de entenderlo como una imposición o una falta de respeto a la forma que usted
tiene de verlo y vivirlo. Me consta que tiene mejores cosas que hacer, por eso
le agradezco enormemente su atención y le prometo ser todo lo breve y conciso
que pueda. Verá como no tardamos.
Cuando hablamos
de parejas liberales (liberadas, quedaría mejor en mi opinión), del ambiente o
de contactos, siempre lo asociamos a un término: intercambio. Intercambio de
parejas, por supuesto. ¿Y en qué consiste ese intercambio? Pues muy sencillo,
yo te cambio tu pareja por la mía para practicar sexo. Y ya está. Fácil ¿no? El
término también aparece, como no podía ser de otro modo, asociado al nombre con
que comúnmente se conoce a los locales donde las personas que gustan de
practicar el trueque sexual acuden. Los llamados locales de intercambio (no sé
por qué pero siempre asocio "local de intercambio" con un sitio
relacionado con el ganado).
Antes de seguir
le quiero aclarar que somos pareja, que ella tiene su vida y yo la mía (quiero
decir, que la suya es suya y la mía es mía, de nadie más), que solo tenemos una
y que hemos decidido libremente compartirla.
Pues
bien, yo no cambio ni intercambio a mi pareja por nada ni por nadie (si digo
"mi pareja" no es en sentido posesivo, sino para identificar a la
persona con la que comparto mi vida). Como ya le he dicho, ella es libre, no es
una posesión mía y por tanto, difícilmente puedo intercambiar algo que no
poseo. Pero es que, además, creo que se puede poseer talento, simpatía... se
pueden poseer cosas, pero no personas. Yo puedo intercambiar miradas, besos,
abrazos... pero no personas.
Nosotros no intercambiamos, nosotros
compartimos, que parece igual pero no es lo mismo. Sé que a usted puede parecerle
una chorrada, una pose o simplemente una ridícula manera de perder el tiempo
con algo que se da por entendido. Si usted es de las personas que lo tienen
claro, lo celebro, pero estará de acuerdo conmigo (si es que tiene la
experiencia que le presupongo en este
mudillo) que no todos los que se lanzan a jugar a este juego tienen clara la
diferencia. Es más, muchos no es que no lo tengan claro, es que directamente ni
se lo plantean. Para ellos la cuestión es disfrutar y punto. Lógico. Todos
jugamos para disfrutar, claro, lo que sucede es que no todos disfrutamos de las
mismas cosas ni de la misma manera. No todos buscamos lo mismo en el juego. Y
no es una cuestión de formas, que también, sino de contenido.
Los que no ven la diferencia entre
intercambiar y compartir, son los mismos que no alcanzan a ver que en esto,
como en otras muchas cosas, siempre es mejor la calidad a la cantidad. Pero
bueno, ya sabe, el ansia es el ansia.
Hay a quienes les da igual ocho que
ochenta con tal de meter o que se la metan, quiero decir, que reducen el sexo a
un mero mete saca, a una especie de paja asistida cuyo único requisito es
encontrar a quien les haga de asistente. De esa manera y aferrados al principio
de que ha de primar la cantidad sobre la calidad, se entiende que su objetivo
no sea otro que el de encontrar el mayor número de asistentes posibles. Así,
cuanto más, mejor. De eso se trata ¿no? (vuelve a venirme a la cabeza lo del
ganado, voy a tener que mirármelo).
Podría hablarle de otros tipos de
"liberales" que se dejan ver por las distintas esferas del ambiente,
como esos que contratan a una prostituta y la hacen pasar por su mujer para
darse el gustazo de follarse a la mujer de otro y que aprovechándose del afán
por intercambiar de este último, acaban saliéndose con la suya. A veces ocurre
que ambos personajes acuden con sendas prostitutas y lo que hacen (sin saberlo)
es intercambiar meretrices. Justicia poética llamo yo a eso. Pues como le
digo, podría hablarle de estos y otros, pero no es lo que me incita a
escribirle estas palabras.
He comprobado cómo en la mayoría de los
casos no está involucrado ningún tipo de sentimiento (no hablo de amor, por
supuesto). Me refiero que no veo afecto, complicidad, simpatía, sintonía
ideológica... no sé, algo que vaya más allá de la carne y que impulse a querer
compartir con otras personas tan extraordinaria experiencia. Solo veo carne y
mete saca. Y no es eso, vamos, desde mi punto de vista, no se trata de eso.
En fin, no le aburro más, ya tendremos
ocasión de seguir profundizando en estos temas (si es que le interesan, claro.
Tampoco quiero agobiarle con mis comeduras de tarro). De momento me conformo
con dejarle claro la idea fundamental (mi idea) de que no se trata de
intercambiar, sino de compartir, con tu pareja y con los demás. Eso, de
conseguirlo, por sí solo ya me parece un avance.
Usted me dirá si merece la pena seguir y
si está dispuesto a echarme un cable.
Un saludo liberado.
Dulce Mente ©

Resulta realmente alentador saber que por este fantástico, divertido y excitante "mundillo liberal" se pueden encontrar personas con ese órgano principal tan bien amueblado...un placer leerte (te animo a que sigas haciéndolo) y gracias por tu comentario. Al igual que tú (yo, la parte femenina de la pareja) solo intento escribir desde mi punto de vista, como entendemos, vivimos y sentimos esta experiencia en nuestra vida.
ResponderEliminarUn beso
Gracias por venir, espero contar asiduamente con tus visitas, seguro que así se enriquecerá este pequeño rincón, que no aspira a ser otra cosa que una suma de pinceladas.
EliminarCreo que merece la pena amueblar con esmero esa estancia que nos acompaña en todo momento y que, sin duda, es la más seductora.
Por cierto, yo soy la parte masculina.
Un beso
Perfectamente expresado...
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